La herida, o cómo hacer cine de calidad

Una buena manera de completar un fin de semana es disfrutando de una buena película, de esa manera la melancolía del domingo no solo se vence sino que se transforma en alegría, más aún si es compartida en la butaca de al lado. Eso es lo que nos brinda el film La herida de Fernando Franco, quien junto a Enric Rufas ha escrito también el guión. Os estoy hablando de una producción que ha implicado una inversión de novecientos mil euros. Rezuma talento y sensibilidad en la interpretación del grupo de actores, sobre todo, en Marian Álvarez quien lleva todo el peso de la cinta encarnando a la enfermera Ana. Tras ver La herida uno entiende el buen criterio del Festival de San Sebastián de concederle el premio a la mejor actriz. También porque el público le ha otorgado a la película el premio especial. La fotografía también es magnífica. El tratamiento de las emociones es ejemplar. El estudio que se hace de cada personaje y de las tramas que se han ido tejiendo a lo largo de los años demuestra la profundidad del director y del dúo de guionistas por tratar un tema decisivo en nuestro tiempo: el vacío emocional en la persona, en las relaciones interpersonales y en muchas familias. Estamos ante otro de los temas de nuestro tiempo.
Si la semana pasada cuando publicaba el reportaje y la reseña de Caníbal, os comentaba el ingenio del equipo de producción para hacer mucho con poco presupuesto, en el caso de La herida, que aún ha contado con bastante menos dinero, se demuestra una vez más que en España hay talento para hacer del cine una empresa cultural de primera magnitud. Solo hay que apoyar a las personas y compañías que están demostrando su buen hacer por parte de las entidades financieras y políticas, y del público. Y luego exportar nuestra producción audiovisual al mundo. Ya nos lo afirmaba con argumentos y pasión el cineasta Domingo Doreste.
Hay que desterrar de una vez el comentario entre una parte considerable del público español que afirmaba que no iba a ver cine español por su pobre calidad. Os estoy ahora analizando un decir y una actitud que ha sido muy frecuente en la España entre los años setenta y finales de los años noventa. Y en ese largo periodo a cualquier buen cinéfilo seguro que se le viene a la cabeza más de veinte películas españolas dignas de estar entre lo mejor del audiovisual internacional. Ahora os citaré algunas a bote pronto: El abuelo, La lengua de las mariposas, Volver a empezar, Secretos del corazón, Belle Epoque, Los años bárbaros, Solas, La buena estrella, París – Tombuctú, …
En ese comportamiento de la audiencia nacional se escondía el pensamiento y el sentimiento de inferioridad que se había enquistado entre una parte considerable del pueblo respecto a otros países, y que tiene sus raíces más lejanas en la Leyenda negra y que rebrotó con especial virulencia a finales del siglo XIX. Ya es hora de arrancar esos brotes y que las semillas sean erradicadas.
        Como esas simientes a las que recurre Ana para drogarse e intentar superar sin lograrlo el vacío sentimental que vive tras romper con su novio, y el que ha vivido desde su infancia por el ambiente frío y áspero creado entre su padre y madre quienes hace años que se han divorciado. En los silencios y en los gestos de Ana, apreciamos esa carencia emocional. Ella implora ser amada por su ex pareja, y por un padre y madre que han sido incapaces de tejer una relación sana con su hija. Ella solo encuentra la alegría con sus pacientes y con su compañero de ambulancia con quien comparte el horario laboral. He ahí donde Ana puede vivir su catarsis, pero su espíritu erróneamente romántico se lo impide ver. Se ciega por seguir trayectorias que no le conducirán a la felicidad que anhela y busca. Las autolesiones que se causa son fruto de esa impotencia y de su terquedad por empecinarse en quienes no merecen la pena. Esas imágenes cuando las veáis os recordarán a dos películas muy aplaudidas en los últimos años: La pianista de Haneke y Cisne negro de Darren Aronofsky.
La lucida mirada de Fernando Franco y de los otros dos cineastas ya reconocidos a nivel mundial refleja que estamos como os decía antes frente a una realidad que no se puede ni ocultar ni obviar. Este mundo, las personas y los pueblos requieren replantearse sus vidas a partir de las razones vitales. De vivir amando, no poseyendo ni teniendo a cambio de estar vacío de amor.

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