Saboreando el otoño

El rocío de la mañana ha empapado la mesa del porche. Aquella gentil mujer seca la mesa de trabajo, y nos ponemos a continuar con la labor de escritura que hemos iniciado el pasado julio. Antes de comenzar, los dos perros se acercan hasta nosotros para que les saludemos, y como es habitual me piden su ración de caricias que con cariño les doy.
El silencio del campo nos acompaña, comienzo leyéndole lo ya escrito del nuevo capítulo y, a continuación, coge el testigo el protagonista para profundizar en sus vivencias. A mis preguntas él se explaya. Se hace gozoso tomar notas porque un tema nos lleva a otro. Es cuando se hacen presentes las trayectorias vitales de una persona y cobra sentido su estructura.
 El cielo está gris anunciando la lluvia de la siguiente jornada. La brisa fuerte de la tarde unas horas después preconiza la entrada de la borrasca atlántica. El mochuelo Óscar vuela hasta su olivo predilecto, se esconde entre sus ramas y con su canto nos advierte de su presencia. Las gallinas en su corral corretean pidiendo un extra de comida, que ellas compensarán con sus magníficos huevos de campo. Como sabéis su sabor y su color son distintos, esos que inundan la boca acompañados de un buen trozo de pan o de unas patatas con chorizo.
Llevamos tres horas de trabajo y éste se vuelve cada vez más grato por la belleza del escenario, la tranquilidad que nos envuelve y la conexión entre nosotros. Ella como es costumbre aparece para recordarnos que es la hora de las tapitas previas al almuerzo. Nos regala un magnífico queso holandés cortado a cuadritos y una butifarra catalana que disfrutamos en el resto de España como todo lo bueno y valioso que se hace en esa tierra española. Regamos nuestras gargantas con un buen Rioja.
Tras ese tapeo, nos venimos otra vez arriba y proseguimos con nuestra tarea humana y literaria que recuerda aquello que comprobaron Ortega y Marías: la vida es una novela. A la espalda de él está el hermoso retablo de cerámica dedicado a Cervantes, D. Quijote y Sancho Panza. En perpendicular a nosotros, tienen su rincón Juan Ramón y Platero.
Los olores sabrosos que vienen de la cocina nos recuerdan que la hora del almuerzo ha llegado. Aparece la magnífica cocinera con la cacerola con el guiso de carne, patatas, chorizo, morcilla y puerros. Las especias que lo sazonan terminan de darle su sabor exquisito. Repetimos todos, caen algunas gotas de sudor ante las calorías del manjar que nos hemos metido, que yo doy por bien empleadas.
Concluida la tertulia de la comida, nos damos un rato de descanso. Y tras él, nos sentamos en la mesa para ponernos a diseñar una actividad cultural de primera magnitud para la primavera del año próximo con la que queremos compartir el cariño y la admiración hacia los maestros. Esos que nunca se pueden olvidar porque ellos son el ejemplo para la vida de cualquier generación. Va a llover, no importa, celebramos la llegada de la lluvia. El campo nos regalará sus colores y olores. En unas tierras bien labradas cualquier sueño es posible.

Comentarios

  1. Gracias Ángela, encantado de que me leas en este vuestro blog y pronto revista. Feliz día.

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  2. Tu relato de otoño amigo Manuel, tiene la belleza de la poesía de nuestros poetas románticos.
    Es admirable, que tu prosa combine las cosas mas cotidianas de la vida como es un buen cocinado plato, el vuelo de nuestro querido mochuelo Oscar, nuestros perros que buscan caricias y también nuestras gallinas, con frases como “el roció de la mañana ha empapado la mesa del porche”. No se puede negar el gran conocimiento y la admiración que sientes por el Maestro Azorín cuyos relatos de las cosas cotidianas, cautivaron a toda una generación.
    Me he sentido identificado y emocionado con tu artículo y deseo que continúes esa difícil pero maravillosa trayectoria que has elegido, sus frutos ya están a la vista.
    Un abrazo.

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  3. Gracias Fernando, nos vemos el viernes. Un abrazo.

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