Donde crecen los otoños


El frío que en los últimos días se está sintiendo en la mayor parte de España, normal a estas alturas de cualquier año, nos lo transmite el escritor Francisco Álvarez Charneco a través de su novela Donde crecen los otoños (Bohodón Ediciones). Presentada recientemente por el autor en compañía del prologuista, el catedrático Manuel Ángel Vázquez Medel, y de la editora Marisa Carbajo, en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla, narra las vivencias del literato Javier Moreno Galván. Se le ha concedido a esta obra el premio de finalista del XV Certamen de Novela de Mérida “Juan Pablo Forner”.
A través de la escritura en primera persona, nos adentramos en el mapa del mundo personal de Javier. Éste que es una categoría humana y filosófica que descubrió y desarrollo el filósofo Julián Marías, es de gran valor para sacar todo el jugo que esta novela encierra. Desde la óptica de Javier, su protagonista, vemos cómo son las circunstancias y personas decisivas en su vida. Su mujer María, con quien le une un amor auténtico de pareja y la vocación por las Bellas Artes. El impulso y la unión clave para afrontar las existencias de las trayectorias vitales. Su padre y su abuelo, por tanto, su familia de procedencia de quienes conserva unos valores eternos y universales: honradez, trabajo, bondad… Su madre, quien le enseñó la importancia del amor y de la vida cotidiana. Aquel panadero de su pueblo, al que ha vuelto para escribir el final de su nueva novela, y quien fue un excelente empresario y también una figura que le inspiró su amor por la literatura.
Vemos a todos esos personajes pasar por delante de nuestros ojos mientras leemos Donde crecen los otoños con la cercanía y la intimidad que nos revela Javier a través de su mirada. A pesar de ser un autor afamado y que lleva años viviendo en una gran ciudad, ha conservado los tesoros que son las actitudes y los comportamientos sanos de un pequeño pueblo. Vive un tiempo de catarsis personal y en buena medida se ha retirado a ese municipio de la Sierra Norte sevillana para reencontrarse. La novela está llena de símbolos, de imágenes poderosas, propias de quien domina la escritura y es escritor maduro. Son vivencias que por la prosa y la capacidad descriptiva de Francisco Álvarez están llamadas a ser llevadas al cine si algún inteligente director y productor se animan.
Otro de los rasgos de Donde crecen los otoños es el guiño que el autor hace a otra de sus vocaciones: la música. Ella y sus maestros se convierten en coprotagonistas de la trama y de la ambientación de la misma. Al escuchar la Pasión según San Mateo de Bach o los ecos de la música de los años 20 en adelante (boleros, tangos, pop, rock…), Javier entra en un estado de éxtasis, muy característico de esos personajes peregrinos y místicos, y que le ayudan a hacer su catarsis. La tormenta de Javier la sentimos, la palpamos, la vemos, a través de la rica y profunda prosa de Álvarez. En plena tempestad, emerge la figura de su Ángel terrenal, su amada María. Por cierto, qué simbólicos también algunos de los nombres de los personajes.
Hay un guiño del escritor también a lo largo de la narración a sus maestros literarios: Neruda, Lorca, García Márquez, Nietzsche, Cervantes, Dante, Verne, Fernando de Rojas o Bécquer. Personalmente ciertas escenas y parte de la trama me hacen pensar que también ha bebido de las fuentes de Unamuno y Delibes, sobre todo cuando aparece la figura del cura Lázaro Adamuz. Éste, con sus matices diferentes, me recordaba a San Manuel, bueno mártir, a la hora de plantearse sus tentaciones y preocupaciones existenciales.
Queridos lectores del Rick´s Café, si queréis sentir el silencio frente a la vulgaridad de los ruidos, la meditación personal frente al egoísmo, la madurez de la vida frente a la superficialidad, las pausas necesarias de cada día frente a las prisas tan mal consejeras, no lo dudes, sentaros en el sillón de casa que más os guste y gozad leyendo Donde crecen los otoños.

Comentarios

Entradas populares