Hacer la misma película de manera diferente


Esa es la sensación que tengo después de ver Midnight in Paris de Woody Allen. Un escritor en este caso, como en otras de la larga serie de obras cinematográficas de su carrera, que se halla ante la dicotomía de vivir cómo quiere hacerlo y compatibilizarlo con una novia de padres ricos que sufre la influencia de estos. Se genera un debate abierto y enconado entre los progenitores de ella y el novio poco antes de un futuro enlace matrimonial. En el almuerzo en un caro restaurante parisino entre los cuatro protagonistas se aprecia, por un lado, el debate vital y político entre el escritor y su futuro suegro. Mientras el joven defiende las posturas más cercanas al partido democrático de Obama, el futuro abuelo se presenta como un miembro del partido republicano más próximo a su ala más conservadora. Este detalle no puede pasar desapercibido para el espectador. Y bajo él se ve esa tendencia a la bipolarización política que se está produciendo en el mundo occidental desde los años 60 hasta hoy y que estamos comprobando lo nociva que es. En España, el ejemplo está ya más que demostrado con la dicotomía PP-PSOE.
Y, por otro, la aparición en la trama de otra pareja de la misma generación que la de los dos adultos jóvenes, amigos de la misma y que también está visitando París aquellos días. Él un pedante profesor universitario, rancio a pesar de su edad, de esos que tanto daño están haciendo a la universidad porque en lugar de fomentar vocaciones hacia la investigación y la docencia, propician el continuismo de castas universitarias preocupadas por su ego y sueldo, quedando a un margen la excelencia humana y científica. Le acompaña a aquel una novia treintañera que encarna al más puro mujer pija o masa, aquella que solo quiere derechos y caprichos, y renuncia a las obligaciones o responsabilidades de la vida. Comienzan a verse los cuatro, y Allen con su equipo de guionistas y dada su tradición filmográfica nos deja ver a las claras que más adelante habrá una relación entre ese profesor universitario y la novia del protagonista. Ahora bien, cómo se lo tomará el escritor varía respecto a otros personajes de otras películas de Allen que se hundía al conocer que su novia le dejaba por otro. En este caso Gil se siente totalmente liberado y acaba asimilando aquello como algo positivo y una bendición para sí mismo y su trayectoria vital. Desde mi punto de vista supone todo un acierto y la superación de esa visión trágica que se ha fomentado desde el romanticismo cuando un hombre o una mujer ha sido rechazado o abandonado por su pareja. Si la mayoría de las personas aprendieran a hacer así su catarsis sentimental se estarían ahorrando hoy profundos problemas emocionales que afectan a hombres y mujeres y, por tanto, a las generaciones y a la sociedad de nuestro tiempo.
Gil Pender, interpretado por Owen Willson –que realiza un gran trabajo como el resto de artistas–, encarna al propio Woody Allen que tantas veces ha compatibilizado a lo largo de su carrera la faceta de actor y director en sus producciones. Coinciden hasta en el color del pelo, en el peinado hacia atrás y en la costumbre de ir con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Owen es bastante mejor parecido facialmente que Allen, quien a pesar de todo es posible que haya ganado con los años, detalle que las espectadoras femeninas agradecen.
Allen introduce para crear la trama las figuras de los artistas de los años veinte y treinta a quienes su protagonista tiene como referentes literarios: Hemingway, Joyce, … El París artístico e intelectual del periodo de entre guerra se nos presenta a través de un flash back que funciona como auténtica máquina del tiempo. Ese mismo procedimiento cinematográfico pero con otro toque personal lo usó Allen en La rosa púrpura del Cairo.
Por cierto, resulta llamativo el hecho de que esta película que recibió el Óscar al mejor guión original hace dos años, entre otros premios, también haya sido la cinta más taquillera de Allen en los Estados Unidos. Parece que en matices como este se aprecia aquello de que uno empieza a ser profeta en su tierra cuando lo ha sido en otras. Como siempre, hay que preguntarse ¿por qué? Como occidental que soy me aventuro a decir que los poderes fácticos de esta civilización y parte de la masa capaz de lo mejor, lo peor y lo que ni fu ni fa, se ha obstinado en demasía en generar estas actitudes y reacciones ante tipos como Woody Allen y otros. ¿Podremos acabar con ello? Dejo ahí la cuestión para que los queridos lectores del Rick´s Café se la plantean, la piensen y debaten consigo mismos y con los demás.

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