Miedo a amar


Llegó como llegan todas aquellas personas que no han hecho su catarsis sentimental. Se presentó envalentonada. Comenzó a exponer sus circunstancias. Se sentía que llevaba las fichas blancas del ajedrez y, por tanto, la iniciativa en la partida que había montado por propia iniciativa. Curioso detalle porque fue un sultán árabe, de esos que moraron en alcázares de este y otros países, el que claudicó ante un aparente inofensivo joven que le propuso el juego. La soberbia es mala compañera de vida.
Los primeros movimientos fueron gratos, recordaban a tantos hombres y mujeres a quienes por circunstancias diferentes había visto actuar o les había escuchado contar sus respectivas historias. Tras su aparente seguridad, había dudas. Éstas comenzaron a emerger en el tercer encuentro cuando ya aquel jugador de fichas negras había iniciado algunas de sus aperturas básicas y de sus más simples movimientos. Sin embargo, había tanta pureza en aquel gentil caballero, que la jugadora de fichas blancas comenzó a revelar sus inquietudes. Se sentía muy atraída por aquella transparencia que nunca había conocido.
Y pronunció la palabra que todo lo define y revela: miedo. Cuando esta aparece, cuidado, comienza el auto desmoronamiento del castillo que ella misma había construido. En términos de la filosofía de la razón vital, hablando de emociones, emerge la célebre coraza. Esa que como os decía al principio se diseña y fabrica quien no ha hecho la catarsis sentimental, y si sigue por ese sendero se auto concederá el peor regalo posible: el no hacerla nunca desaparecer con las consecuencias que ello tiene. Y las patologías que acaban siendo propias pueden ser transmitidas a los seres más cercanos, por ejemplo, a los vástagos. Más de un caso y de dos había conocido aquel ajedrecista con piezas negras.
Y la partida fue transcurriendo, y el tiempo que la jugadora con blancas se iba marcando para llevar la iniciativa comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento. Qué distinto el egoísmo que el ganarse el aprecio por el carisma. El árbitro comenzaba a darle toques de atención. Mientras al otro lado del tablero el adulto de la misma generación y más joven comenzaba a verle esos matices que resultan clave para conocer al otro. La reiterada costumbre de llegar tarde, el proponer algo y luego rectificar sobre la marcha poco tiempo después, … Hasta que llegó el momento en que el maestro de piezas negras miró de frente a la otra, le clavó sus pupilas, movió el caballo con su mano diestra y le dio jaque mate.
Ahora solo cabía una opción: ser amigos.

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