Tomos somos Hamlet

Cualquier espectador que asistió anoche al estreno de Máquina Hamlet, pudo sentir ser el personaje de Müller. Cada vez que el actor o sus compañeras de reparto se iban a una de las esquinas del escenario para hacer el monólogo Quiero ser una máquina. Mi cerebro es una cicatriz. Ningún dolor, ningún pensamiento, podían sentir los hombres y mujeres que llenaban en tres cuartas partes la sala teatro TNT Atalaya, ser Hamlet en pleno siglo XXI.
La compañía SENNSA Teatro ha montado esta obra con el propósito de agitar las conciencias de quien vaya a verla. Ninguna de las instituciones que colaboran con este mundo consumista, en el que priman el poder del dinero y de la corrupción, quedan libres de ser retratadas. Muy significativo es el Totem que los seis intérpretes construyen con bancos, cada uno de ellos encarna a la cura eclesial, a la justicia, al gobierno, al ejército, al plutócrata y a la universidad. Lo más simbólico de esa figura es que la remata la institución universitaria. Cuando me detengo a hablar con el director Mudarra –mañana os ofreceré la entrevista– me comenta que con ello han querido mostrar la paradoja de que una entidad como la universidad que tendría que formar a personas reflexivas y críticas, sin embargo, también ha caído en los mismos perversos comportamientos que las restantes entidades.
Durante la hora y media que duró el espectáculo teatral, operístico (con la novena sinfonía de Beethoven o Himno de Europa, entre otras composiciones), de danza y audiovisual, se intercambiaron los silencios del público con algunas sonrisas fruto de la ironía de los diálogos. Pretende el director acortar un poco la obra, pulir ciertos detalles, como apuntaba con su maestro y compañero Ricardo Iniesta.
Suena la novena en Europa de finales de los setenta y de la segunda década del siglo XXI, y se da la paradoja de que el continente y la civilización que parieron la libertad se encuentran encadenados al humor correcto y a las mentiras consentidas que propagan por televisión los ejecutivos, los políticos, los banqueros y consumidores. Emerge frente a ellos el bufón del filósofo, desde Sócrates al propio Jesucristo para denunciar toda esa tramoya. Si en la Roma del siglo I d. C. cantó el gallo tres veces para confirmar la traición de Judas y la renuncia momentánea de Pedro a reconocer al Maestro, desde hace tiempo parte de la prensa ha contribuido al deterioro de la verdad, a expandir la propaganda y, por tanto, la mentira. Por eso el público asistente, personas entre los sesenta y los veinte años, aprecia que estamos ante un Hamlet sin esperanza que pudiera ser cualquiera de ellos. Pero como cualquier héroe se revela frente a las circunstancias y a partir de preguntarse qué está ocurriendo y cómo superar ese ciclo eterno que ha azotado a cualquier generación, lanza un mensaje de rebeldía y lucha. Emerge la luz cuando se libera de los ropajes que le atenazan, con todo lo material que le sobra. Van cayendo los pantalones marrones roídos, las camisetas y chaquetas. Las vendas que amarran sus cuerpos van desapareciendo porque la fuerza interior de la libertad clama a salir.
Como quiere salir de las entrañas de la madre cualquier recién nacido, pero aquella tiene pánico a quedarse embarazada, a parir. Le asusta el mundo que conoce, los peligros que rodearán al niño. Por eso Hamlet gritará las mujeres deberían ser zurcidas, un mundo sin madres. Si así fuese, se acabaría la vida. Sin embargo, en su proceso catártico, se liberan los personajes para seguir haciendo un canto a la vida. Tras las continúas idas y venidas de los actores, de las danzas y requiebros, del audiovisual de fondo que sacude, de la música haciendo ambiente, se hace el silencio. El público aplaude, ellos se retiran a los camerinos tras el esfuerzo. Hay mucha gente que se queda esperando a que salgan. Incluso un espectador se queda meditando en su butaca. Pasan unos minutos y los espectadores vuelven a aplaudir. El mensaje ha calado, toca ver ahora ¿cómo y cuánto?

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