La mala educación


En el último año al compañero Rúas le llaman atención los gestos cotidianos de personas que ya son abuelos, o pueden serlo pronto, y su falta de civismo en los lugares públicos. La primera de las anécdotas le ocurrió a Rúas la noche del Corpus Christi. Estaba intentando dormir cuando un grupo en un bar a escasos treinta metros de su hogar, pasadas las dos de la mañana, continuaba cantando rumbas. Rúas, cansado, decidió telefonear a la Policía Local quien le contestó que ya otro vecino había alertado de esa realidad, pero que ellos ahora no podían cubrir el servicio por falta de personal. Lo curioso es que unos días después, Rúas contemplaba cuatro coches de patrulla de la Policía Local en la comisaría de su barrio. ¿Estaban tan ocupados como le habían dicho la madrugada del Corpus o es que quien le atendió está aburguesado en su puesto de funcionario y no le pareció importante dar aquel servicio?
 
Unos meses después, ya entrado el otoño, nuevas voces, esta vez de conversación llegaban a los oídos de Rúas. Los sentía hablar como si estuvieran debajo de su balcón. Subió la persiana, salió y contempló a un grupo de gentes ya entrados en los cuarenta, de perfil médico sanitario por el contenido de sus palabras, tomando unas copas en el balcón del bloque de al lado. Rúas levantó la mano para que aquellos le vieran, pero al ver que no le veían o no hacían por verle, bajó las escaleras de su casa, salió a la calle y se dirigió a aquéllos. Al advertir la queja de Rúas, el grupo reaccionó y se disculpó. Al menos un paso adelante en la rectificación, en la práctica a favor de la convivencia cívica.
 
A punto de llegar el invierno, Rúas se encontraba con un grupo de amigos recorriendo las rutas del románico por la provincia de Soria, cuando una de las noches, sobre la una de la madrugada un coro de hombres y mujeres entre los cincuenta y los sesenta años cantaba villancicos en la plaza central de la localidad bajo el balcón del hotel en el que Rúas y Amarfilada se hospedaban. Ellos, que de haber sido otra hora del día, hubieran disfrutado de este Coro Orfeón Soriano, no podían dormir. Rúas se asomó y se dirigió al grupo: 
-¡Cantáis muy bien! Pero es la una y diez de la mañana, y es hora de descansar.
Aquéllos le miraron sorprendidos. Y siguieron cantando no sólo hasta terminar el villancico que estaban interpretando, sino que continuaron entonando sus cánticos por las calles de aquel municipio. Rúas y
Amarfilada les escuchaban de fondo.
 
El penúltimo de los hechos que le ha ocurrido a Rúas y a su amiga la editora Sofía tuvo lugar hace unos días. Estaban disfrutando de la tertulia en un conocido Bar cuando un grupo de unas doce personas entre los sesenta y los setenta años se situaron en tres mesas cercanas para tomar cafés y churros. Tres mujeres no dejaban de hablar como si tuvieran un megáfono en sus manos. Rúas hasta en tres ocasiones se dirigió a ellas con un gesto de mano invitándolas a hablar más bajito. Aquéllas miraron a Rúas y Sofía pero continuaron con un altavoz por gargantas. Cuando salió el numeroso grupo del establecimiento hostelero, Rúas y Sofía continuaron disfrutando de la conversación en paz.
 
Está claro que la educación cívica no conoce de edades ni de generaciones. Por eso no tiene que extrañarnos que determinados jóvenes o niños estén mal educados. Ya sabemos de quienes aprenden.
 
Continuaremos…

Comentarios

  1. Violencia adulta en el mundo del deporte cadete. http://www.republica.com/2017/03/20/la-vineta-deporte-infantil/

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