La otra Semana Santa, pinceladas



El amigo Rúas, tras completar un intenso trabajo de transcripción de entrevistas en los últimos días, se cita con su amigo Vincent Kubrick quien le invita a contemplar la entrada de La Paz. Mientras Rúas espera con tranquilidad la llegada del Realizador, escenas cotidianas se suceden delante de sus ojos: Una trabajadora social que regresa contenta a su hogar después de haber estado junto a sus hermanas y Madre disfrutando de una jornada de Domingo de Ramos en el barrio de la progenitora de aquellas. Se saludan con afecto, y Rúas prosigue el camino hasta el lugar donde se ha citado con V. Kubrick.
 
Al llegar observa a un matrimonio cercano a los setenta años que camina cogido del brazo en actitud amorosa. El rostro de aquel hombre refleja que está superando una enfermedad. Su mujer le acompaña de manera ejemplar. Si Dios es amor, criatura amorosa, como lo definió Julián Marías, aquella pareja transmite las décadas compartidas afrontando todas las circunstancias de la vida con cariño y complicidad.
 
Tras aquel matrimonio, emerge la figura de una hija de unos cincuenta años que lleva del brazo a su octogenaria Madre. La familia no se entiende ni se puede construir de manera sana sin esa solidaridad entre las generaciones que la forman. Caminan al paso que la abuela puede seguir. Ponerse en la posición de ella, como hace su descendiente, otro ejemplo humano y cívico para quien sepa apreciar esos comportamientos.
 
A escasos metros, una patrulla de la Policía Local atiende a unas personas que han tenido un pequeño percance con su coche. No ha pasado nada importante para buena fortuna de los implicados. ¡Qué diferencia el estilo de proceder de aquellos policías! con los que media hora después se toparan Rúas y Kubrick en una de las calles del barrio del Porvenir. Si bien aquella otra pareja de guardias con sus motos aparcadas a modo de barrera en una esquina de la calle, cumplía con su cometido de impedir el tránsito de vehículos dado el regreso de la hermandad de La Paz, aquellos policías estaban comiendo pipas durante su servicio y tirando las cáscaras al alquitrán. ¿Qué les podría decir a aquellos dos servidores de lo público cualquier ciudadano? ¿Qué les podría decir cualquier empleado de la limpieza urbana de Lipasam?
 
Al llegar a la penúltima manzana de la calle Río de la Plata, Kubrick y Rúas contemplan la llegada de la Cruz de Guía de la Cofradía encarar los primeros metros de aquélla, y los sones de la Banda de cornetas y tambores viene abriendo paso. Los olores de algún naranjo aún florido con azahar, a dama de noche o jazmín, les vienen a sus aguileñas narices. Kubrick le comenta a Rúas: -¡Qué extraño, hay menos gente a esta hora que otros años! Poco a poco, la gente irá llegando conforme la entrada del paso de Cristo se va acercando. Aún así, ya en el balcón del piso, Kubrick insiste en su afirmación: -Otros años no se podía caminar por ese pasillo de la gente acumulada.
 
Minutos antes, los dos periodistas se han cruzado con dos jóvenes saeteras de diecinueve años. Una de ellas, siguiendo el ejemplo de su Padre, costalero de la Virgen, cantará con devoción, pasión, fuerza y elegancia a las dos imágenes titulares. La joven saetera, mientras espera la llegada del paso de Palio, desde el balcón contiguo le comenta a Rúas: -Mañana cantaré al Cautivo a la entrada. Y a las Aguas, a la salida. Y el Miércoles Santo, a San Bernardo. A lo mejor, la Madrugá, le canto a la Macarena. Rúas percibe que la juvenil saetera está emocionada con lo que está viviendo y está por venir. Hay fe en sus palabras, esa que Antonio Machado cantó en La Saeta al Cristo de los gitanos, y que Serrat universalizara aún más poniéndole música.


La tranquilidad del barrio del Porvenir se torna bullicio, alegría, respeto y recogimiento cuando el Domingo de Ramos, el Señor en su paso de Misterio y la Virgen bajo palio, transitan de ida y vuelta a hacer estación de penitencia con su cuerpo de nazarenos. El sosiego, la vida cotidiana silenciosa de 360 días del año se transmuta en ajetreo, dinamismo e intensidad en la jornada del Domingo de Ramos y en los días previos. 


La familia vecina del piso de los Kubrick saluda a Vincent cuando nos ve llegar. Poco a poco, esta familia procedente de las provincias de Huelva y Jaén, van arribando a la otra vivienda. Desde uno de sus balcones, la joven saetera nos emocionará a los que la escuchamos. Como desde el otro balcón, un dúo de saeteros entre los cuarenta y los sesenta y cinco años, con maestría y destreza deleitarán al público recuperando un estilo de saeta en desuso: saeta a dúo.


Estos vecinos de orígenes onubenses y jienenses, con descendencia sevillana desde hace cinco décadas​, son una clara muestra de la sabia conversación entre provincias, alejadas de los egoísmos y la corrupción de los reinos de taifas. Cuando lo importante no es donde nace o paces, sino cómo te relacionas y con quién lo haces con independencia del lugar en el que hayas nacido y dónde vivas. Personas de raíces sencillas y humildes, han logrado después de prosperar con su honrado trabajo, conservar ese saber estar de las personas que no olvidan sus semillas. 


Y suena el timbre de la puerta del piso de los Kubrick, es Maribel, la amiga de Vicent que llega con su sobrino Nando, un noble y jovial muchacho de veintidós años, que saluda con alegría y cariño a Kubrick y Rúas. Se suman a la tertulia, mientras los tramos de nazarenos continúan transitando hasta la iglesia del siglo XVI a escasos metros. De fondo, ya se ven los ciriales del paso de Misterio y los sones de la Agrupación Musical que causan la admiración de quienes los escuchan tocar. La hermana de Maribel da compañía a una de las hijas de su pareja que un Domingo de Ramos más ha vuelto a vestirse de nazarena para acompañar a sus queridos titulares. El diálogo íntimo entre aquellas mujeres de tres generaciones representa la generosa e inteligente unión cuando la salud del cabeza de familia es la principal ocupación y alegría cada mañana.
 
La revirá del Señor y el Misterio para situarse sobre el dintel de la iglesia es celestial. Sin prisas, con mimo, gustándose y acompasada la cuadrilla a los mandos de su capataz y contra guías, y en íntima complicidad con el sublime gusto de la Agrupación Musical. De fondo, la conversación íntima de dos abuelas que han superado los setenta años. Asomadas en su balcón del bloque de pisos de los años treinta del siglo pasado, ataviadas con sendas mantitas sobre sus hombros, contemplan su Domingo de Ramos.  







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